Publicado originalmente en Dirigido Por… nº 418, enero de 2012.
¿Qué nos cuenta una novela, qué nos dice sobre el tiempo que nos toca vivir y qué nos desvela el éxito arrollador de la misma? Que el encargado de realizar la versión americana de un best-seller como el de Stieg Larsson sea David Fincher, uno de los directores que mejor han captado el zeitgeist de las últimas dos décadas, plantea de entrada estas cuestiones. Se trata de tres niveles distintos de análisis en el que se citan la aproximación a la propia obra cinematográfica, a la sociedad a la que se refiere y al perfil de su espectador, y que en pocos directores como en Fincher resulta tan difícil abordar por separado, pues por lo general, las películas del director criado en California captan tanto el espíritu de su tiempo como ayudan a definirlo. Sus personajes clave, como John Doe, Benjamin Button, Tyler Durden o ese vacío de significado que era el asesino del Zodíaco han surgido no sólo de las pesadillas de la sociedad occidental, sino que han servido para dar forma mejor que ningún otro personaje de los últimos tiempos a aquellos agentes de desorden social que amenazan con derrumbar nuestras certezas.
La célebre novela original del periodista sueco Stieg Larsson perseguía como principal objetivo el ajuste de cuentas con el pasado de su país a través de la exploración de sus flirteos con el nazismo, la corrupción empresarial y los cambios en los valores sociales, todo ello articulado a partir del leit motiv del abuso de poder del patriarcado masculino frente al sexo femenino. Quizá el mayor acierto de la novela fuese trascender su aparente localismo para ofrecer un diagnóstico bastante completo de la deriva de la sociedad occidental a comienzos del siglo XXI, una mirada ácida hacia los tiempos que vivimos desde una perspectiva social, económica e histórica que no olvidaba el factor lúdico de la mecánica de la investigación criminal.
Dicha concepción es heredada por la adaptación de Fincher. Los tres primeros planos de Los hombres que no amaban a las mujeres evocan, con rigor y economía maestras, el comienzo de Ciudadano Kane y su Rosebud, esta vez transfigurado en una flor enmarcada que lleva recibiendo cada año desde 1966 el magnate Henrik Vanger -un Christopher Plummer cuya presencia alude en más de un aspecto a su rol protagonista en Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965)-, el año en que su sobrina Harriet desapareció en sospechosas circunstancias. Para resolver el caso, Vanger recurre a Mikael Blomkvist (un Daniel Craig que porta satisfecho sus rasgos de James Bond), director en apuros de la revista Millenium tras ser condenado por difamación. Junto a él contará con la colaboración de Lisbeth Salander (Rooney Mara), una joven, genial y asocial hacker marcada por un traumático pasado.
DE PADRES E HIJAS
Resulta llamativo que uno de los elementos que el guion de Steven Zaillian (director de Todos los hombres del rey, guionista de La lista de Schindler) elimina de la novela sea la vinculación personal que Mikael Blomkvist mantiene con la familia Vanger. Se nos cuenta en la obra de Larsson que la desaparecida Harriet fue la niñera de Blomkvist, un factor que si resulta significativo no es por su importancia real en la trama –en realidad bastante relativa-, sino porque definía muy bien el papel que tenía que enfrentar Fincher en este nuevo reto. Blomkvist afrontaba un (gran) encargo que al mismo tiempo le permitía saldar cuentas con su pasado. Fincher, por su parte, se enfrenta con el que seguramente sea su proyecto más condicionado por el material original, un best-seller archiconocido y sobre el que ya se realizó una versión dirigida en Suecia por Niels Arden Oplev en 2009, al que ha de imponer su sello personal.
Resulta sencillo pensar en Fincher como el director ideal para llevar a cabo esta adaptación, pues su galería de psicosociópatas –de Se7en (1995) a Zodiac (2007)- y su capacidad para el thriller absorbente son seguramente las dos virtudes que le han ganado para el proyecto producido por Scott Rudin. En una temprana secuencia, Blomkvist se reúne con el investigador que se ha ocupado del caso de Harriet durante los últimos cuarenta años. Es fácil ver en dicha conversación reflejados a los personajes de Zodiac (2007), obsesionados por la figura de dicho asesino, moviéndose alrededor del enigma hasta llegar al punto muerto de la imposibilidad de dar respuesta al mismo. Los hombres que no amaban a las mujeres es el opuesto perfecto de aquella, pues si bien coincide en la exposición minuciosa del proceso de la investigación, resulta clara en su formulación de la incógnita y resolución de la misma, un claro whodunit que hace de los habitantes de la isla sus únicos sospechosos.
Quizá por ello Fincher afronta la adaptación como un capricho formal, la excusa perfecta para el despliegue de un virtuosismo que prolonga la depuración de estilo de sus últimas entregas sin por ello despreocuparse de una historia a la que se ciñe con gusto. La primera parte de la saga Millenium permite ante todo a Fincher experimentar con el montaje y el sonido, dos elementos íntimamente ligados ya que del turbador trabajo sonoro de Trent Reznor (Nine Inch Nails) y Atticus Ross es de donde surge el ritmo que determina la feroz planificación, basada en la arritmia y el corte abrupto, la interrelación significativa de secuencias y el extrañamiento de lo cotidiano. Baste como ejemplo el primer encuentro de Lisbeth Salander con su nuevo tutor, Bjurman (Yorick Van Wagenin) en la oficina de este. Al comienzo de la secuencia, alguien pasa la aspiradora en el pasillo de la oficina. El ruido familiar del artilugio se convierte en la terrible banda sonora de lo que acontece detrás de la puerta, deformado y transformado en una brutal masa sónica que no se encuentra lejos de los paisajes sonoros imaginados por David Lynch. Al final de la secuencia, en su último plano, Fincher nos devuelve con sorna la trivial familiaridad del artilugio. Bajo la gris cotidianidad de la vida diaria late el horror, apunta la película.
El film está plagado por una constelación de padres e hijas que declinan el principal tema de la trilogía de Larsson: las relaciones entre hombres y mujeres como síntoma de una perversa enfermedad social. La importancia de la hija de Blomkvist en la trama frente a la versión anterior es una señal de ello, pues en ella se reflejan tanto Lisbeth como Harriet, al igual que en el propio Blomkvist se encuentran en lucha el padre benévolo (Henrik Vanger), el padre maligno (el asesino de Harriet) o el padre-amante (la relación sexual que mantiene con Lisbeth). En la perpetua indefinición de los roles de sus personajes, ora víctimas, ora verdugos, es donde la película encuentra su aportación más sugerente, y no hay otro personaje que encarne mejor esa contradicción que Lisbeth Salander.
UN DRAGÓN CON CHUPA DE CUERO
Parece existir consenso cuando se interroga a los admiradores de la saga de Larsson acerca de lo que les resulta más atractivo de la misma: su protagonista femenina. Lisbeth Salander es el signo de su tiempo, un fantasma que sintetiza las características del ser (post)humano del siglo XXI. Si Los hombres que no amaban a las mujeres declina, como ya hemos visto, los roles del hombre, de forma más evidente hace lo propio con sus mujeres. Harriet es una víctima, como lo es Lisbeth, y Fincher subraya su parecido a partir de la foto que Michael recibe en su investigación. Lisbeth es al mismo tiempo la némesis y la gemela de Harriet, un ángel vengador que aparece en la obra de Larsson como un avatar de la justicia histórica, pues cuenta el autor que su creación se vio inspirada por el sentimiento de culpa que sintió durante décadas tras presenciar, a finales de los sesenta, la violación de una joven llamada, precisamente, Lisbeth.
La joven hacker es un personaje líquido en términos del sociólogo Zygmunt Bauman, un ser fantasmal que se mueve por la red en busca de información inaccesible, carente tanto de lazos afectivos como de una identidad física y social. Más que bisexual, se debería decir que es post sexual, ya que no tanto es capaz de disfrutar de ambos sexos como de variar su inclinación dependiendo de sus intereses. Lo físico no la turba, sino que encuentra en su condición virtual y multiforme su auténtica esencia. En ese sentido, la decisión de elegir a la dulce Rooney Mara para interpretar a Salander nos desvela los rasgos que la distinguen de la interpretada por Noomi Rapace: si aquella era monolíticamente áspera, esta es una oveja con piel de lobo en unas ocasiones, un lobo con piel de oveja en otras, un personaje en el que las heridas del abuso masculino se superponen sobre el tatuaje del dragón vengador que luce su espalda. La protagonista de la película ya no es simplemente un ser asocial, psicópata en su falta de afecto hacia los demás, sino una frágil y cruel criatura al mismo tiempo, un personaje que hace de su propia indefinición y maleabilidad su rasgo esencial: ángel y dragón, Caperucita y el lobo al mismo tiempo.
El final de la película apunta en esa misma dirección, respetando el de la novela pero no el del film sueco. Si en este, Lisbeth volvía al mundo de las sombras, observada por última vez por Blomkvist en la pantalla de una televisión, en la versión de Fincher compartimos el punto de vista de Lisbeth, descubriendo junto a ella desde las sombras cómo el periodista ha retomado su relación con su compañera Erika Berger (Robin Wright). Decepcionada, arroja a la basura la chaqueta que iba a regalar a Michael y huye en su moto, bajo la nieve, antes del fundido final. Es un gesto que humaniza al personaje y recuerda la secuencia final de La red social (2010) en la que Zuckerberg pedía amistad en Facebook a su ex novia –precisamente interpretada por Mara- en un intento desesperado de ajustar cuentas con su Rosebud particular. Como Zuckerberg, Salander es otro personaje que hace de su genialidad su condena, ya que su carácter de motor social es precisamente lo que les impide encajar en el mundo que ellos han ayudado a definir. Ambos pasan a formar parte de esa extensa galería de personajes psicopáticos –por su capacidad para hacer tambalear el orden social desde su exterior- que suelen habitar en el centro de todas las narraciones de Fincher, el signo de un tiempo que aún está por venir. Pocos directores en activo son capaces de hacer que sus películas latan al ritmo que imponen los cambios sociales como el autor de The Game (1997).













